La Bolsa de/con Valores

Reforma 255. Jueves 1 de marzo, 7:30 p.m.

Me siento en las banquitas de la rotonda. Volteo hacia atrás para corroborar el número otra vez. Sí, es aquí, pero ¿por dónde entro? No me parece que una exposición de arte esté en la entrada principal de la Bolsa de Valores. Miro a personas entrar y pienso que qué bueno que me traje unos zapatos extra. Guardo mis tenis en la mochila. Me digo a mí misma que siempre me pasa lo mismo, que debo aprender a dejar la comodidad para vestirme mejor. Vuelvo a justificarme cuando me acerco a los guardias: cuando vaya en coche y gane para ropa nice. Vengo a la exposición Mubo Revolving, pregunto como si estuviera pidiendo un helado en un banco. Arriba a la izquierda. Paso por el arco de seguridad, esperando mayor inspección. ¿Es todo? Sí, adelante. Ellos han vuelto a su plática y yo, extrañada por la facilidad para acceder al lugar donde más dinero se mueve en el país, no puedo dejar de compararlo con el muy necesario y engorroso procedimiento de seguridad que siguen los vigilantes del corporativo donde trabajo en Santa Fe con los visitantes o los empleados que ven todos los días desde hace más de año y medio pero que tuvieron a bien olvidar su tarjeta de acceso.

Sigo las instrucciones y llego a donde se reúne un grupo de gente. Un pasillo, paredes blancas; papel amate y acuarela; tarjetas con títulos, dimensiones y el autor, como si dieran una pista de lo evidente; una barra de donde salen bebidas y bocadillos fancies; los anfitriones trajeados o en tacones, los pintores como sobre nubes, los artistas en guayabera, huaraches y lentes de pasta; los invitados buscamos una esquina luego de ver la galería. Mis tíos llegaron y me acerco a ellos, los saludo. Qué alegría que vinieras, dice Ale. A pesar de ser una artista boliviana reconocida internacionalmente y haber exhibido su obra en espacios de peso en el extranjero y otras ciudades importantes del país, está muy emocionada. El otro pintor, como si fuera sólo jueves, platica con un trajeado sosteniendo una copa de vino. Es el hijo de (inserte un nombre que no recuerdo, para variar), es muy famoso, me instruye mi tío en las personalidades del arte sobre lienzo. Ah, ya. Los bocadillos están buenísimos.

Mis tíos se van a tomar las fotos correspondientes y me quedo en la sala rodeada de desconocidos. Aprovecho para dar otra vuelta por las pinturas, aunque las de Ale las conozco bien, las he visto en su sala a mitad del proceso. Me encanta que, así, incompletas, ya lo han dicho todo. Ale siempre pinta primero el corazón de la obra; el resto, a lápiz, da el contexto; el borde sólo recuerda que se trata de color mezclado con agua.

Vuelven y se acerca un grupo de jóvenes que saludan y felicitan: barba descuidada, un moño en la cabeza, calcetas a la rodilla y una falda con vuelo, jeans. Que si qué pasó con la pieza, que si ya se acabó la beca, que si no quedaron en el Fonca, que si los invitaron a exponer en Barcelona pero quién paga el envío y los pasajes, que si para tener becas tiene que dejar el video y regresar a la fotografía, que si el tutor dijo que mejor dejara la acuarela por el óleo, que si para hacer tomas en la Alameda no hay que pedir permiso porque no te lo van a dar y es mejor soltar un dron para que grabe lo que pueda antes de que te cachen, que si no hay beca entonces de qué se vive, que si no está en papel no es arte porque lo digital nomás no, que mejor hay que aplicar en la provincia donde hay menos competencia, que es año de elecciones y toda la cultura vale madre. No digo mucho, yo por primera vez tengo alguien que pague por que yo escriba crónicas de mis peripecias chilangas en la web y algo me dice que debería sentirme un poco privilegiada.

¿Ya viste la sala principal?, me dice mi tío. No, ¿a poco hay más salas? Pregunto refiriéndome a que hubiera más pinturas expuestas. Ve a verla ahí al fondo. Me dirijo hacia allá y descubro la cúpula de cristal, la sala redonda; abajo, las sillas y escritorios en círculos concéntricos con grandes monitores, al centro una mesa circular pequeña con 4 sillas y un teléfono; alrededor un panel con letras luminosas en blanco y números en verde y rojo: lo que explica todo lo que nos rodea de manera indescifrable.

Me alcanzan mis tíos, mientras yo arrugo los ojos para tratar de leer algo de la pantalla. ¿Entienden algo? No, pero ver tanto rojo me pone nervioso. ¿Pero eso es algo bueno, no? Es cuando hay que comprar, dicen. Ah, sí, nada más pago la renta y con lo que me sobre veo para qué me alcanza, ¿no? Se ríen. ¿Te imaginas ser de esos cuatro del centro? ¿Para qué será el teléfono? Me recuerda el de Las Chicas Superpoderosas, ¿tendrá comunicación directa con el presidente para anunciar una crisis o devaluación? Quién sabe, pero cuando haya algún temblor esa cúpula tan bonita debe ser lo más aterrador. ¡Mira, digo al resultar victoriosa en la lucha contra la miopía, Netflix dice que está dentro de los más destacados! Vaya cosa, exclamo y pienso que ninguno de los grupos empresariales de la lista se dedican al arte o a la cultura y los gobiernos no cotizan en la bolsa ―No nos engañemos, las fundaciones privadas tienen un objetivo más allá del arte que se llama evadir impuestos―. Pareciera un universo que lo entiende todo, menos el color en agua y aceite como lo hacen en la sala de exposición de al lado, que a su vez y en sus formas tratan de explicarnos lo que los números sostienen en verde y rojo.

Dan las 10 y ya he probado todos los bocadillos: es hora de partir. Me despido de mis tíos, echo una última ojeada a la condensación de todo el dinero que mi concepción de la realidad comprende, paso por el grupo de artistas que siguen quejándose de ser el punto ciego de la sala contigua, bajo las escaleras y me veo obligada a usar otra salida, pues por la que entré ya está cerrada. Abro una puerta, paso al limbo entre ésta y el límite con el reino que dirige esta bola de cristal, clack, empujo y nada. Empujo más fuerte y nada. Volteo y afuera, a la derecha hay una salida de emergencia, tal vez esa sea la que debí tomar desde un inicio. Empujo la primera y me dirijo hacia allá. Está mal cerrada, así que la separo con facilidad. Señorita, por ahí no, tiene que ir por la salida normal, sólo tenía que esperar a que cerrara la puerta para abrir la segunda. Ya, eso hice y nada. Así que, ¿salgo por allá? No, ya abrió y está usted afuera, me dice a modo de reclamo. Me despido encogiendo los hombros y riéndome conmigo misma de haber burlado la seguridad del lugar con más valor, pero con menos dinero del país, inusualmente visitada hoy por gente con las mismas características.

En la banquita de la rotonda me detengo para sacar mis tenis y luego corro al metro para llegar a casa pronto y subir la #CrónicaChilanga de la semana. Jamás me había sentido tan pobre, pero afortunada.