Orgullo mexicano (Parte 1)

I

Estoy en el metro y me salta una duda: no sé si va a estar abierta la estación del Zócalo. Miro a mi alrededor y no veo que se baje nadie de playera verde paradas antes. Una más, bajamos, subimos, bajamos, subimos y empieza a escucharse al Perro Bermúdez. Ya empezó el partido.

Camino entre las parejas, los amigos, las familias, los danzantes en taparrabos cuyos penachos incomodan a los que se acomodan a sus espaldas, hasta encontrar un lugar donde instalarme y que las cabezas sobresalientes no interfieran con mi vista a la pantalla enorme, sorry not sorry por los de atrás. Supongo que eso es lo que hacemos los foráneos que no queremos ver solos el partido y aprovechamos la multitud y el anonimato de los eventos masivos. De todas formas, nadie de pie despega los ojos de las jugadas y apenas exclama algún “ahhh” cuando hay una falta o aplaude cuando el Perro desde Rusia manda saludos a los que lo oímos desde la Plaza de la Constitución, sin reparar en los que no intercambiamos comentarios con los de al lado. Es muy temprano todavía y es Corea, nuestro futuro hermano y salvador, pero después de ganarle a Alemania parece pan comido.

Se cae uno de playera verde en el área y entonces todos despiertan ¡Penal! Silbidos, aplausos y cámaras de celular sobresalen de entre la multitud  (entre ellas la mía) para registrar el ya casi inminente ¡goooooooooooooool! ¡Mé-xi-co, ta-ta-tá, Mé-xi-co, ta-ta-tá! Pero se calma todo pronto, pues un gol de penal es como un regalo de cumpleaños. Layún recibe un pase del lado izquierdo, tiraaaaaa y todos gritamos un ¡gol! que se mezcla con un ¡no!, casi un ¡ay! Tiro libre para Corea, pero muy arriba. Viene el contragolpe, regresa hasta Ochoa, quien ataja con soltura. Todos aplaudimos y un señor saca una matraca al tiempo que todos lo ven feo: no deja escuchar ¡Shhhh!

El primer tiempo termina y llega al escenario una pareja de cantantes de beatbox que medio animan, que medio quieren poner ambiente, pero que no lo logran, ni ellos ni el imitador del Perro. Si acaso el que pateaba balones hacia el público obtuvo algo de respuesta, pero sólo de los primeros cuatro metros hasta donde llegaban sus tiros.

Comienzan los últimos 45 minutos. Layún toca la pelota y la vuela cuando bien pudo abrir a la derecha, dice el público conocedor del Zócalo. Huele a mota y los que nos rodeamos nos enfrentamos a miradas reprobatorias para ver de dónde viene, pues no hay a dónde moverse;  siempre alguien tiene que hacer su gracia. Volvemos a poner atención a la pantalla donde se proyectan faltas tras faltas, los coreanos se están enojando así como los que lo vemos de este lado del mundo. México sigue atacando cuando cae la primera amarilla. ¡A huevo!, gritan los varones seguido de un “sin llorar” al ver al asiático reclamar. Segunda amarilla: esta vez el surcoreano la acepta. Cae el balón en los pies del Chicharito y hace lo suyo: gol.

Se escucha el olé, olé olé, olé, oléeee, olé, olé en la pantalla, mientras que en vivo las voces del Zócalo corean el cielito lindo. Cambio: sale Lozano; aplausos. Amarilla al 10 que lleva tres patadas en tres jugadas. Balón para Corea, se acercan al área y Ochoa deja la portería cuando los asiáticos abren y entonces todos quisiéramos jalar al arquero a su sitio, pero él sólo lo hace y ataja, lo que le cuesta una patada. ¡Que no mame, era jugada de roja!, dice el experto de mi derecha. El guapo de chinos se levanta y todos aplaudimos al igual que cuando sale Vela y entra Gio. Falta en el área de México y todos: ay ajá. Falta en el área de Corea, un golpe con la mano y todos: era de roja.

Un letrero del Cruz Azul aparece en la pantalla y el chico de adelante le dice emocionado a su novia: Miraaaaaa. Lo escucha el muchacho de al lado, asiente y le ofrece el puño para que lo choque; lleva un pin en su gorra del mejor segundo lugar del fútbol mexicano y yo pienso en el meme que vi de camino al Zócalo en el que un aficionado le regaló una camiseta de ese equipo a un coreano, aprovechando su desconocimiento del mal augurio que es portarla. Viva México, me digo.

Se acabaron los 45 minutos y agregan otros cinco, pues tantas faltas han consumido bastantes segundos. Corea anota y el fan del Cruz Azul exclama: Ah, pero cinco minutos, ¿no? Equis, pienso yo, ya se acabó. ¡Mé-xi-co, ta-ta-tá, Mé-xi-co, ta-ta-tá! suena aquí y en Rusia.

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