Cortesía = 1/potencia

Periférico. 6:30 a.m. Madrugada. Frío previo al amanecer. El camión lleva las ventanas cerradas. Silencio. Todos tratan de ganar tiempo de sueño, al menos los que van sentados.

Me coloco cerca de la puerta, tomo con cada mano un asiento: no tengo energía para levantar mis brazos y alcanzar el tubo horizontal superior, y ganas, menos. Mi mente se pierde en el paisaje oscuro que va recorriéndose hacia atrás sin tomar forma de nada cuando por instinto –recuerden que mi cerebro no ha despertado– mi cuerpo se tensa al sentir la inercia. Toda la fuerza de mi ser se concentra en mis brazos y, una vez que el camión ha frenado totalmente, viene el latigazo para atrás envuelto en un pitazo que, si el enfrenón no había despertado a todos, el sonido seguro sacó del quinto sueño a algún afortunado. Murmullo de queja. Una disculpa, el camión de enfrente se me cerró. No era mi intención, yo venía bien. Una disculpa en verdad. Yo le creí.

 

 

Abre la puerta y baja gente. Hasta luego, buen día, dice el chofer. Pone primera y se dirige a la siguiente parada y así una y otra vez. Comienzo a escuchar que habla con una señora sentada en la primera fila de asientos. Sí, una disculpa señora, se me metió. ¿Está usted bien? No alcanzo a oír la respuesta de la mujer. Sí, es que la gente cree que uno tiene siempre la culpa, que nos tenemos que fijar porque no traemos animales. Y pues tienen razón, pero uno a veces no puede hacer nada, por más que vaya bien no falta el gandaya que se le mete. La señora murmura. Sí, pero, mire usted, el otro día un compañero operador se fue a estrellar a un poste y la gente se le fue encima, pero es que vio una sombra de una persona o un perro y por no atropellarlo dio el volantazo. Frena, abre la puerta: hasta luego, buen día. No, viera usted cómo se le pusieron y el pobre ya no sabía ni qué hacer. Si uno se lleva al cristiano, va al bote y si se va contra el poste para evitarlo, le llueve de todo. La señora asiente, no le veo la cara, pero seguro trata de ser empática. Frena, abre la puerta:

“Hasta luego, buen día”.

Pues sí, pero tampoco podemos ir tan rápido, sabe, tenemos como límite 60 km/h. Seguro la señora piensa lo mismo que yo: ¿60? Claramente he estado en estos autobuses a más velocidad. Uno aprende a medirla no en función de la distancia y el tiempo, sino de la fuerza necesaria para mantenerse de pie durante el intervalo temporal que dura el trabajo; algo así como velocidad= fuerza/tiempo; en Física, se le llama potencia. (Curioso: hasta pareciera que el desplazamiento y el trabajo son equivalentes). En cambio, cuando no hay tráfico, como a las 6:30 a.m., o tienes prisa, los 60 parecen 20. De cualquier manera, +/-60 no hace la diferencia si el operador es un imprudente o se le cruza otro del mismo estilo.

La conversación sigue, pero una notificación en mi celular me distrae. Mi bajada se acerca. Me muevo hacia el último tubo y oprimo el botón. Frena, abre la puerta: hasta luego, buen día. Gracias, buen día, digo en automático. Me doy cuenta de que nadie ha contestado esa cordial e inusual despedida desde que me subí. Tal vez (y ojalá sea así) sólo es demasiado temprano para cortesías. Comienzo a caminar hacia el puente para cruzar al otro lado. A lo lejos se oyen rechinar las llantas de algún coche y pienso que los enfrenones en esta ciudad tal vez se miden en Watt/segundo.